Imagino una biblioteca y aislo sus características más tranquilizadoras: el acceso gratuito, el respeto al silencio, la metódica colocación de los libros. Imagino una canción que me emocione, como la canción sin emoción. Imagino un nivel de tranquilidad semejante a cuando, después de un día duro, llegas a casa sabiendo que has aprovechado el tiempo, que realmente te sientes bien de sentirte así. Imagino un zumo de naranja natural con sus trocitos de naranja natural y ese sabor ácido que bien podría resultar difícil de digerir, pero que es hermoso. Imagino un teclado tan bien dispuesto, una técnica tan depurada de tecleo que no es necesario dejar de mirar ni una sola vez al monitor. Imagino una piscina de agua mineral donde no ocurra nada si es que tragas agua. Imagino un frondoso bosque, donde el silencio no es silencio si le quitas el rugir de los árboles, de los pájaros, de las nubes. Imagino una cala moldeada por el hombre, pero con el encanto natural del mar, ese gran aliado que se deja ver poco.
Imagino ahora que el silencio de la biblioteca es el silencio de los visitantes, que los libros son hamacas y sombrillas, que la canción sin emoción la interpretan las gaviotas, que el zumo de naranja está conmigo. Imagino que el aire que respiro es el agua mineral que trago de la piscina, que el bosque es el litoral poblado de intenso verde. Imagino todo eso y la verdad es que terminaría antes si mirara las fotos, porque imaginar eso es imaginar la Cala Llamp, en Mallorca, un sitio mágico donde ni siquiera rechazas a los hombres de vida adinerada que, con su yate, ponen la música a tan idílico paraje.